Temporada 2012-2013

Miguel Archanco, nuevo presidente

Después de 10 años al frente del CA Osasuna, Pachi Izco abandonó la presidencia del Club. Así, el 30 de junio de 2012 se celebraron elecciones a la presidencia con dos candidatos: Miguel Archanco y Javier Zabaleta. Los socios, eligieron al primer candidato con un total de 3.020 votos (74,44%). Javier Zabaleta sumó 1.002 votos (24,70%).

La fuerza de la costumbre

La fuerza de la costumbre

Incluso en una primavera, fría, gris y lluviosa, el CA Osasuna encontró vestigios del sol. Así fue el nuevo capítulo final de una historia que se viene repitiendo en este club desde que a una con el nuevo siglo ascendiera a la Primera división del fútbol español. Cuando la temporada agoniza, entre rivales temblorosos, el osasunismo emerge como una fuerza huracanada, por muy negro que pinte el horizonte, para un año detrás de otro dejar amarrada la permanencia en la categoría. Cada vez que se asoma al abismo, se rearma, unido, seguro de sí mismo; confiado en que desde ese compromiso común liberará al equipo de los grilletes del descenso. Y este año volvió a ocurrir, no sin la carga de sufrimiento correspondiente.

Con la próxima serán 14 las temporadas consecutivas del CA Osasuna en Primera División, igualando la mejor marca de longevidad en la máxima categoría establecida en el período que fue de 1980-94. Ese será el gran reto del club para el próximo curso: batir el registro, marcar un nuevo hito en su casi centenaria historia.

De menos a más

Osasuna afrontó la Temporada 2012/2013 tras la salida de jugadores jerárquicos en el plantel de los últimos años. Unos, como Raúl García, lo dejaron por obligaciones contractuales; otros, como Nekouman, Sergio o Ibrahima, por decisiones personales, aprovechando las oportunidades del mercado. El club facilitó sus salidas teniendo en cuenta la necesidad de aligerar la carga económica en tiempos de franca recesión. Futbolísticamente, además de profesionales de acreditado nivel, se esfumó un alto porcentaje de goles del curso anterior.

Sin ellos, Osasuna completó un trayecto similar al de la temporada 2008/2009. Una primera vuelta muy pobre de resultados que lo deja anclado en el último puesto de la tabla, y una notable reacción posterior cuyo premio redundó en la permanencia. Con todo, si hace cuatro años hubo que esperar el desenlace hasta el último minuto del campeonato, esta vez sobraron los noventa de la fecha de clausura.

El equipo no arrancó la Liga con buen pie. Hubo incluso días que ofreció serias dudas acerca de su capacidad competitiva. Pero no, pronto se vio que estaban suficientemente preparados. Era cuestión de apretar mucho más los dientes y ajustar algunas piezas acudiendo al mercado de invierno: De las Cuevas y Silva.

Los 15 puntos sumados al paso del ecuador liguero obligaban a un sobreesfuerzo. En circunstancias normales Osasuna necesitaría añadir 27 puntos más para huir de la quema. No hicieron falta tantos. Bastó con sumar siete victorias y tres empates ya que el listón de la permanencia se mantuvo más bajo que nunca.

Como era previsible por las ausencias, el equipo se resintió en la zona de definición. Pero economizó extraordinariamente bien este apartado. La escasa producción ofensiva fue rentabilizada en puntos. Esta deficiencia fue contrarrestada por otras virtudes quizá no suficientemente ponderadas. El equilibrio posicional entre sus líneas. El disciplinado juego con balón. La obsesión por minimizar errores en la transición ofensiva. El sistema de ayudas en fase defensiva. La experiencia demostrada en situaciones comprometidas… Detalles importantes que junto a la aportación individual (las paradas de Andrés Fernández, los goles de Kike Sola) contribuyeron a la consolidación de un equipo reconocible sobre el césped. Serio, trabajador, bien armado, aunque escaso de profundidad. Pese a lo que pudiera parecer la propuesta fue siempre la misma: tratar de jugar el máximo tiempo posible en el campo del rival, sin complejos, si bien con las limitaciones lógicas de una plantilla sin excedente de recursos. 

De esta manera ganó partidos transcendentales, al Dépor, al Celta, al Zaragoza, tres rivales directos, que le proporcionaron oxígeno cuando más apretaba la clasificación. Por momentos pareció que el colchón de puntos obtenido ahuyentaría definitivamente los fantasmas del descenso, pero las dificultades para encadenar victorias le obligó a penar hasta el final.

La hora decisiva

La hora decisiva

A cuatro fechas del cierre la amenaza del descenso permanecía muy presente. El calendario anunciaba un partido de los decisivos frente a un Getafe con aspiraciones europeas. Desde el club se convocó a las fuerzas vivas del osasunismo. Y la afición volvió a responder a la llamada. El calor ambiental, sin duda, espoleó el ánimo de los futbolistas que disputaron el partido como si fuera el último. El paso de los minutos y las ocasiones erradas hicieron que cundiera cierta inquietud. Hasta que Alejandro Arribas descolgó un balón con su cabeza que acabó en la red. Granada era la siguiente estación del torneo. Una victoria prácticamente dejaba abrochada la salvación. No pudo ser. Los locales, empujados por sus incondicionales, no dieron tregua.

El destino había guardado para el día decisivo a un adversario de antiguas cuitas: el Sevilla, que aterrizaba en Pamplona dispuesto a apurar sus opciones europeas. Ese domingo, 26 de mayo, la afición se entregó al ritual de las grandes citas: se enfundó su camiseta rojilla,  enarboló su bandera y abarrotó las gradas de un estadio efervescente con ánimo de dar ese último impulso hacia la salvación. El guión del encuentro transcurría por derroteros similares al del Getafe. Osasuna dominaba, pero sin sacar provecho de  las oportunidades ante la meta sevillista. Hasta que apareció Negredo, un protagonista inoportuno. Su gol, al poco de arrancar la segunda mitad, se recibió como un terremoto en medio de una fiesta.

De repente, la afición enmudeció. Un ambiente fúnebre dio paso a la desilusión general. Los jugadores vagaban por el campo desamparados. Noqueados, sin capacidad de reacción. Y en esas apareció Patxi Puñal, capitán y símbolo, santo y seña del osasunismo. Un zapatazo inolvidable del jugador más admirado, despachó todos los temores del estadio. La gente festejó el gol con locura. Y el equipo, como por ensalmo, recuperó la fe. Después, un certero libre directo de Álvaro Cejudo consumó la esperanza.

Un año más, el CA Osasuna lo había vuelto a hacer. Los aficionados regresaron aliviados a sus casas. No había lugar al temor de la última jornada en el Bernabéu. Y así concluyó una temporada vivida peligrosamente. ¿Hasta cuando se prolongará esta historia de supervivencia?

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