Temporada 2010-2011

Osasuna apura el manuela

Cuando ganar es cuestión de supervivencia, nadie ofrece mejores respuestas que el CA Osasuna

Osasuna apura el manuela

Nadie, al menos, en el historial reciente de la Liga. De los cuatro últimos campeonatos, el CA Osasuna alcanzó la salvación definitiva en la jornada 38 de las temporadas 2007-08, 2008-09 y 2010-11. Dato revelador del espíritu de un Club acostumbrado a pasear por el alambre. Cuando se vienen situaciones límite,  el osasunismo despliega todo su arsenal: dirigentes, técnicos, jugadores, aficionados y medios de comunicación, hacen causa común sobre el objetivo de la permanencia.

La tripolarización

La Liga española se ha transformado en una secuencia de bloques. Por arriba, Barcelona y Real Madrid ejercen un mandato de tiranos. Resultan inalcanzables. Por detrás, se coloca un grupo de cuatro o cinco equipos dispuestos a recoger las migajas que esparce el dueto de cabeza. El resto se limita a luchar por sobrevivir en Primera División.

Hace ya mucho tiempo que el CA Osasuna conoce esta historia. Quizá por ello, cuando llegan los momentos decisivos, maneja la tensión con una serenidad sorprendente. Sabe lo que hay, conoce el camino, aprieta los dientes y se encomienda a los suyos. Un año sí, otro también. Ya puede encontrarse el peor de los escenarios, buscará el atajo para huir de la quema. Como ocurrió en este curso. El equipo venía de cuatro derrotas consecutivas, y disputaba el encuentro que cerraba la jornada 34 consciente que los resultados de ese día le acercaban al descenso por delante de un calendario demencial. A todos los desafíos dio cumplida respuesta.  Se hizo fuerte ante el Valencia, ganó en la Romareda, remontó en el Reyno al Sevilla y, la derrota de Getafe, aún le obligó a dar buena cuenta del Villarreal, en el último día, para abrazar la permanencia terminando en un inesperado noveno puesto, el mejor de los últimos cinco años. Definitivamente, en casos extremos, el CA Osasuna encuentra en la épica un recurso infalible.

Los primeros síntomas

El curso arrancó con signos preocupantes.

Tras una pretemporada muy pobre de fútbol y resultados, las primeras jornadas acentuaron las cavilaciones. Una victoria balsámica, en la cuarta fecha ante la Real (3-1, sirvió para atemperar la ansiedad y que, por fin, brotara, un foco de optimismo.

Podía pensarse que la plantilla necesitaba tiempo para ajustar el engranaje de sus nuevas piezas: Riesgo, como alternativa a Ricardo; Nelson, Damiá y Lolo para funciones defensivas; Soriano en el entrejuego y segunda línea de remate y Lekic como referente en el área. Todos necesitaban días de acoplamiento, todos menos  Kike Sola que regresaba de una época gris en Soria y Grecia, dispuesto a aprovechar la segunda oportunidad.

El primer tercio del campeonato descubrimos a un equipo de doble personalidad. En el Reyno se mostraba sólido, fiable, resuelto de cara al gol; de visitante tornaba a una imagen tibia, desangelada, sin  recursos para sortear las dificultades del rival. Le bastaba su desempeño casero para mantener el tipo, pero las sensaciones negativas iban apoderándose de un entorno cada día más exigente.
A partir de la décimocuarta jornada la tendencia quebró. La derrota ante el Barcelona (0-3)  fue el preámbulo de una caída sospechada. Incapaz ante el gol, lastrado por algunas bajas notorias en la zona de definición, la caída era lenta pero inexorable. El riesgo de entrar en posiciones de descenso se consumó nada más arrancar la segunda vuelta tras un partido de muy bajo nivel en Almería (3-2). Por esas fechas Juanfran, jugador destacado en esa primera vuelta, fue traspasado al Atlético de Madrid. Coro (Espanyol) y Cejudo (Las Palmas) vinieron a cubrir su ausencia.

El cambio

En medio de un pesimismo creciente, la inesperada victoria en el Reyno ante el Real Madrid (1-0), abría un hueco a la esperanza. Pero fue un oasis en medio del desierto futbolístico. Un empate frente al Mallorca y una derrota en Donosti dejaron al equipo muy mal parado. La situación  obligaba a un cambio de timón que, como es habitual, afectó al inquilino del  banquillo. A mediados de febrero, la Junta directiva prescindió de los servicios de José Antonio Camacho en una decisión dura, pero necesaria. A partir de ese momento, José Luis Mendibilibar se encargaría de reconducir la nave y levantar el ánimo alicaído de un equipo melancólico.

Los frutos de la nueva apuesta no tardaron en llegar. Los cuatro goles endosados al Espanyol, en el debut nuevo técnico, eran señal inequívoca de que el plantel tenía más de lo que había demostrado hasta entonces. Sólo faltaba ratificarlo con una victoria fuera de casa. Es día llegó  en la vigésimoséptima jornada, en La Rosaleda. El triunfo abrió una serie completada frente al Racing y el Hércules, en una soberana tarde de fútbol (0-4). En pocas semanas el panorama osasunista había dado un giro copernicano.

El sufrimiento

Suele ocurrir con este equipo.

Cuanto más fácil se encuentra el objetivo, más tiende a dispersar su dirección. Cuatro derrotas consecutivas castigaron la molicie; derrotas achacables más  a despistes, falta de concentración y exceso de confianza, que a deméritos en el estilo de juego. Habría que volver a empezar; coger los remos y remontar contracorriente.

A cinco jornadas del cierre,  Osasuna caía a la zona de descenso. Panorama oscuro con la visita del tercer clasificado, el Valencia. Al toque de corneta acudió el osasunismo en masa. El público alentó sin desmayo, los jugadores hicieron piña. Victoria. Zaragoza, la siguiente parada, suponía un desafío descomunal: hacerse fuerte en territorio hostil. Haría falta otra. La más importante, la que disparó el orgullo colectivo.

El  éxtasis

El éxtasis

Ni los dos triunfos consecutivos proporcionaron respiro. Los resultados de la antepenúltima jornada condicionaban ganar al Sevilla. Antes de la media hora, los visitantes mandaban con autoridad en el marcador (0-2). La noche tenía muy mala pinta. Nada que estuviera fuera del alcance del Osasuna. Tras una simbiosis perfecta equipo-afición, el Reyno de Navarra obró la remontada. Partido épico para guardar en los anales.
 Quedaba por sumar un punto en dos jornadas. En la primera el tiro salió fallido. El Getafe más necesitado, dio mejor con la tecla. Pero en la segunda bala,  Osasuna venció al Villarreal con tiempo suficiente para que la afición festejase la permanencia.

Una vez más el CA Osasuna sacó su receta mágica en casos de apuro: unidad, serenidad y esfuerzo. Hubo nombres importantes, sí: Mendilibar, recobró la confianza perdida del vestuario; Ricardo selló en la portería; Sergio, Sola y Cejudo golearon en  momentos decisivos… pero el triunfo tiene un componente colectivo. El que da cuerpo a este Club. Profesionales y afición.

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